Silenciosa eterna compañía.

Me pregunté alguna vez, dentro de ese cálido hogar que me albergaba, que era aquello que sentía junto a mi, aparte de mi cómodo colchón cálido y de la suave melodía que oía a mi madre cantar en su interior. Me preguntaba que era aquello que sentía cuando las voces de mi familia se silenciaban o cuando Mamá dormía, pero que seguía junto a mi. Me pregunté también que era aquello que, cuando fuí sacado sin aviso previo (y tras incontables barreras) de mi hogar durante tanto tiempo, estaba junto a mi, mientras desesperado lloraba clamando por mi antiguo colchoncito y la dulzura de mamá… aquello que estaba junto a mi, incluso cuando volví a estar junto a ella.

Con el pasar del tiempo, fui notando día tras día que en mi muchas cosas cambiaban. Pero aún así, aquello que estuvo conmigo desde el primer momento seguía estando junto a mi. Cuando subía un resbalín, cuando pataleaba por conseguir algo, cuando reía, cuando jugaba, o cuando iba al colegio, siempre estaba ahí, conmigo. De día, de noche, era indiferente, su presencia siempre se mantuvo constante junto a mi.

Con el pasar de los años, nuevas vivencias y momentos vinieron. Nuevos aprendizajes, nuevos amigos, nuevas peleas y momentos tristes, también. Largas horas de estudio, de manualidades y trabajos varios, pruebas que rendir, problemas que enfrentar, alegrías que vivir. Día a día, mi vida se nutría de nuevas experiencias y conocimientos, que comenzaban a esculpir en mi interior las que serían las raices y cimientos de mi futura persona, a través de lo que me entregaba mi familia, amigos, profesores y tantos otros, en el cotidiano vivir. Y además, junto a ellos, siempre presente y junto a mi, aquel algo no identificado también esculpía junto a mi.

Vinieron también los amores… y con él las alegrias, las desiluciones. Cuando el corazón se llenaba de regocijo, o cuando lo embargaba la tristeza ahogándolo en lágrimas, aquel desconocido compañero siempre estaba ahí, en todo momento al “pié del cañón”, con su mano tendida en apoyo o, a través de su silencio, diciendo un “estoy contigo”. Juntos enfrentamos muchas veces este extraño camino que presenta el amor.

Hasta aquel día, en que, tras una serie de decisiones erradas, y de mucha rabia y dolor, sin saberlo le ataqué duramente, y le dañé sin compasión.

Desde aquel día su presencia se hizo menos notoria, o quizás su tristeza fue quien se hizo notar. Desde aquel día, su compañía no era la misma, y en su anonimato me impedía saber como reparar aquel error que yo había cometido sin pensar. Y cuando me di cuenta de aquello, le comencé a buscar; de una vez por todas, le tenía que identificar, para poderme disculpar.

Viajé por muchos rincones de mi vida y de mis recuerdos y memorias. Viajé también por muchas calles y ciudades, buscando alguna pista que me llevara a su identidad y paradero. Viajé en vigilia y viajé en sueños, buscando conocerle, y clamando desde mi interior que por favor me perdonase, pues le extrañaba y le necesitaba más que nunca, en los caminos que había decidido emprender y enfrentar. Pero por más que le busqué, no pude encontrarle, aun cuando buscara por doquier. Por lo que finalmente, me di por vencido.

Me levanté como cualquier otro día, pero algo más desganado y con una opresión en mi pecho. Caminé a regañadientes hacia la ducha, para comenzar otro rutinario día más. Me incliné sobre el lavamanos, y eché a correr el agua… Fría, revitalizante, la atesoré en las palmas de mis manos como una pequeña fuente artificial, y vertí su cristalino contenido sobre mi rostro, lo que me hizo despertar. Al abrir los ojos, me llevé la mayor de las sorpresas: ahí estaba, junto a mi otra vez, la tan extrañada compañía que conmigo estuvo incluso antes de nacer. Y más aún: entendí ese mismo día que aquello que siempre quise comprender que era, que siempre estuvo junto a mi, no era sino otra cosa que mi propio ser. Aquello que nos acompaña y acompañará eternamente, en salud y enfermedad, en compañía o en soledad, en alegría y en tristeza, y aquello a lo que siempre se le debería ser leal: a uno mismo. En ese minuto entendí que, aquella silenciosa eterna compañía, sería sin duda alguna mi mejor y principal aliado, mientras yo le respondiera de la misma manera y con la misma lealtad.


Alohran Leonheart.-

Una respuesta to “Silenciosa eterna compañía.”

  1. Jeniffer Says:

    Que me gusta como escribes, (aunq ya no me escribes, te leo igual), porq las mujeres somos asi……me hiciste pensar en mi hijo….

    Un beso

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